Hay algo que no te dije esa noche:
me quedé habitándote
incluso después,
como un perfume terco aferrado a la memoria
Porque no fue solo el roce...
fue la manera en que me mirabas,
como si cada parte de mí
fuera un misterio que querías beberte despacio.
Tus manos tenían paciencia de lluvia,
de esas que no golpea,
sino que insiste
hasta volverlo todo inevitable.
Y yo...
yo me dejé.
Me dejé caer en tu ritmo,
en esa forma tuya de acercarte
como quien prueba lo prohibido
y decide no arrepentirse nunca.
Había dulzura, sí,
pero también un hambre callada,
una tensión deliciosa
entre lo que éramos y lo que ya no podíamos evitar
ser.
Tu respiración en mi cuello
era casi un idioma,
uno que entendí sin haberlo aprendido,
uno que me nombraba
más allá de mi propio nombre.
Y en ese borde
-tan frágil, tan encendido-
descubrí que el deseo contigo
no era prisa...
era profundidad.
Como hundirse en un vino oscuro,
como cerrar los ojos y saber
que ya no hay regreso,
que ya no hace falta.
Porque cuando me tuviste así,
tan cerca de perderme,
tan cerca de quedarme,
supe...
que hay encuentros
que no buscan un final,
sino quedarse latiendo para siempre
debajo de la piel.
Y es el siempre que dio existe.
ResponderBorrarUn abrazo.
Que sí existe debe decir.
ResponderBorrarSuave pero pertinaz, como la lluvia de abril o las caricias de la brisa del mar.
ResponderBorrarSí.
ResponderBorrarAsí ocurre.
Latiendo para siempre.
Una delicia de poema.
ResponderBorrarEse latir para siempre me atrapa, privilegiados los que sientan así con ese latir eterno
Feliz semana Gil.
Un abrazo
Hay encuentros que quieren quedarse. Hermoso poema.
ResponderBorrarBesos.
Qué fácil que es reconocerse ahí en algún momento, aunque no lo diga en voz alta. No siempre sabemos poner fin a recuerdos que no sabemos recolocar.
ResponderBorrarRecuerdo imborrable que dejó este poema tuyo latiendo, Gil! Esta vez sí se interrumpió la música al comentar, un abrazo!
ResponderBorrarQué manera tan hermosa de nombrar lo inevitable, Gil. En tu texto hay una hondura que no busca estridencias: solo ese latido que permanece, ese perfume que se queda en la memoria incluso cuando la noche ya pasó. La forma en que describes la mirada, las manos, la respiración convertida en idioma… todo construye un deseo que no corre, sino que se adentra, que se reconoce y se acepta.
ResponderBorrarHay encuentros que no terminan: se quedan debajo de la piel, como dices, latiendo en silencio.
Un abrazo.
Hay recuerdos que siguen latiendo, a pesar del final.
ResponderBorrarBello este latir.
Aferradetes, Gil.
Excelente o teu poema Gil.
ResponderBorrarUn abrazo.
Para siempre también tu sentimiento eternizado en este poema...
ResponderBorrarMe encantó. Abrazo hasta vos, Poeta!!
Uy esos encuentros que quedan en la memoria. Me sacaste un suspiro. Te mando un beso
ResponderBorrarTiene mucha fuerza y delicadeza a la vez.
ResponderBorrarBueno, la metáfora con la lluvia la ideal. Un abrazo. Carlos
ResponderBorrar¡Hola, Gil! Cuando dos personas son capaces de interpretar los silencios, todo puede fluir con mayor facilidad.
ResponderBorrarFeliz tarde. Bstes.
Gil, Thank You...Welcome and Hug!
ResponderBorrarTu texto llega muy hondo, Gil. Hablas del deseo y la entrega con una calma que toca, sin exagerar nada, solo dejando que las sensaciones hablen. Se siente real, cercano, como un recuerdo que todavía sigue vivo en la piel.
ResponderBorrarUn abrazo, crac!
Bonita poesía, bonita forma de expresar sentimientos.
ResponderBorrarSaludos
Profundizas en el amor de forma genuina, las palabras se mueven con dulzura y musicalidad, como halos con vocación de eternidad, Gil.
ResponderBorrarMi abrazo entrañable, amigo poeta.
Great :-D
ResponderBorrar"tus manos tenían paciencia de lluvia", me gusta ese verso.
ResponderBorrarSalu2.
Otro poema precioso, me encantó. Besos.
ResponderBorrarUn intenso y bello poema, esos recuerdos que no cesan y siguen latiendo bajo la piel pueden llegar a ser escalofriantes. Un abrazo
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