esa manera tuya de quedarte quieta,
de sostener la mirada como si nada pasara.
Pero en la noche te desconozco
y ahí te quiero.
Porque tú lo sientes.
Sientes cómo te miro hasta que algo te falla,
cómo te quedas inmóvil un segundo de más,
como si resistieras
pero ya no supieras cómo.
Y no puedes.
No puedes sostenerte.
La respiración se te corta,
los hombros se te vencen apenas,
las manos dudan,
tu cuerpo empieza a decir lo que tú callas.
Y ahí cambias.
Ahí te traicionas.
Dejas de ser la misma sin darte cuenta,
como si algo en ti se abriera solo
cuando me acerco.
Y ya no eres esa.
Eres pulso,
calor contenido,
boca que no termina de cerrarse.
Eres esa tensión que pide sin atreverse.
Y yo me quedo ahí, cerca,
sin tocarte del todo, mirando como cedes,
cómo te rindes poco a poco
contra ti misma.
Hasta ese instante
en que ya no te defiendes,
en que ya no puedes fingir,
y te quedas así-
respirando distinto, temblando apenas,
como si te doliera
seguir siendo decente




