Si despiertas mañana
y todavía me quieres,
y todavía me quieres,
si al abrir los ojos
me haces un sitio pequeño
en tu primer pensamiento,
yo podría vivir de eso
muchos años.
No necesito más.
Ni promesas,
ni juramentos
ni esas palabras grandes
que a veces se rompen solas.
Me basta saber
que al despertar
me buscas.
Si me miras,
si me das esa luz sencilla
que tienen tus ojos
cuando olvidan defenderse,
entonces todo cambia.
La sangre encuentra su camino,
el día deja de pesar,
y esta tristeza vieja
que a veces se sienta conmigo
sale por la puerta
sin hacer ruido.
Y si hablas,
si pronuncias mi nombre
como quien toca algo querido,
yo me quedo quieto,
escuchándote,
porque hay voces
que parecen hechas
para salvar a los hombres.
Pero si además
acercas tus labios a los míos,
si me concedes
ese milagro pequeño
que cabe en un beso,
entonces ya no sé.
Las palabras sirven de poco.
Uno se vuelve incendio,
agua,
temblor,
y quisiera quedarse allí,
viviendo para siempre.
Por eso te espero.
No con impaciencia.
No con reclamos.
Te espero
como esperan los arboles la lluvia,
como espera la noche
la primera estrella.
Porque todavía me debes
tus labios,
ese premio
que hoy
no me has dado.
