nos trajo hasta hoy
para que pudiéramos al fin
unir nuestras almas?
Tengo la certeza
de que ya nos habíamos amado
cuando tu nombre y el mío
aún no eran nuestros nombres.
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Eres la curva suave de la tierra
y yo no sé que hacer contigo.
Te miro
y pienso que alguien debió inventar
tu cuerpo
para que yo perdiera el juicio,
para que olvidara por un momento
todas esas cosas serias
que uno carga durante el día.
Tienes una manera de estar
que me desarma.
No sé si son tus piernas,
tu cintura,
como si yo no estuviera aquí
mirándote
y tratando de salvarme.
Pero no es por tu cuerpo,
eso sería demasiado fácil.
Es algo que llevas dentro
y que a veces se te escapa
por los ojos,
por la voz,
por esa sonrisa que aparece de pronto
y me deja sin argumentos.
Tu cuerpo, sí, es hermoso,
pero tu alma...
tu alma es la que tiene
la mala costumbre
de quedarse conmigo
cuando tú ya te has ido.
A noche,
algo de ti volvió a mi encuentro,
susurrando una caricia cálida
en todo mi cuerpo.
No sé si fue mi piel
o mi memoria,
o un atajo sensible de mi alma
que te abrió el camino.
Llegaste en silencio,
como llegan las cosas
que nunca se han ido del todo.
Y te sentí tan cerca
que por un instante
la ausencia perdió su nombre.
No quise abrir los ojos.
Temí que la noche descubriera
que estabas allí,
que el silencio pronunciara tu nombre
y te devolviera a la distancia.
Entonces me quedé inmóvil,
dejando que tu ternura
encontrara, lentamente,
los lugares que aún te recuerdan.
No sé cuanto duró.
Hay instantes que no conocen
el tiempo
y caricias que suceden
sin que nadie las toque.
Solo sé que al amanecer
algo de ti permanecía:
una tibieza sobre la piel,
la memoria respirando despacio
y tu ausencia,
todavía cálida,
en el lugar exacto
donde te había sentido.