Hay un lugar entre tu hombro y tu cuello
donde el mundo deja de tener prisa.
Yo lo he encontrado
en noches de insomnio,
en tardes donde todo pesaba demasiado,
y siempre tiene la misma temperatura,
el mismo olor a refugio,
a cosa verdadera en medio de tanto ruido.
Tú me conoces
como se conoce el clima de la ciudad,
sabes cuando viene la tormenta antes que yo,
pones el paraguas cerca sin decir nada
-y eso, que parece tan poco,
es el acto de amor más grande
que conozco.
Somos dos personas
que aprendieron a leer la letra pequeña del otro,
esa que no se escribe pero está ahí,
debajo de las palabras,
debajo del silencio,
en ese idioma
que inventamos sin darnos cuenta
que lo estábamos inventando.



