Cuando se acaben las palabras hermosas
y quede solo la vida con su ropa de diario,
cuando seamos dos personas que comparten
el cansancio y la nevera y el mismo techo,
ahí seguiré eligiéndote,
con esa voluntad sorda y sin adornos
del hueso que sostiene al cuerpo entero
sin que nadie lo vea
ni lo agradezca.
Porque amarte
no es el instante del relámpago,
es ser el suelo que lo recibe,
la tierra que guarda el calor del rayo
mucho después
de que el cielo se haya cerrado.
Somos de esa clase de amor
que no deslumbra,
que alumbra despacio,
como una hoguera en invierno
alrededor de la cual
uno no quiere dejar de estar.
