Adoro tu decencia, sí,
esa manera tuya de quedarte quieta,
de sostener la mirada como si nada pasara.
esa manera tuya de quedarte quieta,
de sostener la mirada como si nada pasara.
Pero en la noche te desconozco
y ahí te quiero.
Porque tú lo sientes.
Sientes cómo te miro hasta que algo te falla,
cómo te quedas inmóvil un segundo de más,
como si resistieras
pero ya no supieras cómo.
Y no puedes.
No puedes sostenerte.
La respiración se te corta,
los hombros se te vencen apenas,
las manos dudan,
tu cuerpo empieza a decir lo que tú callas.
Y ahí cambias.
Ahí te traicionas.
Dejas de ser la misma sin darte cuenta,
como si algo en ti se abriera solo
cuando me acerco.
Y ya no eres esa.
Eres pulso,
calor contenido,
boca que no termina de cerrarse.
Eres esa tensión que pide sin atreverse.
Y yo me quedo ahí, cerca,
sin tocarte del todo, mirando como cedes,
cómo te rindes poco a poco
contra ti misma.
Hasta ese instante
en que ya no te defiendes,
en que ya no puedes fingir,
y te quedas así-
respirando distinto, temblando apenas,
como si te doliera
seguir siendo decente
conmigo.

El poema, leído literalmente, retrata el momento en que la decencia femenina —esa compostura social y simbólica— se resquebraja ante la mirada deseante del hombre. El hablante poético contempla la transformación: la mujer “quieta”, “decente”, “que sostiene la mirada como si nada pasara”, empieza a rendirse, a dejar emerger el cuerpo y su deseo. Todo el texto se articula sobre esa fractura: la resistencia y su claudicación.
ResponderEliminarPero si lo miramos desde la perspectiva que propones, el eje cambia de dirección. Lo que aquí se describe como una “rendición” ante el deseo masculino podría ser, más bien, el gesto de una mujer que busca escapar de esa decencia impuesta —que quizás quiere ser “sucia, fresca e impúdica”, liberada de la mirada que la contiene. Sin embargo, el poema no le concede esa autonomía: el sujeto que narra es el hombre, y todo el proceso de “cambio” y “traición” ocurre bajo su observación. La mujer no actúa, es actuada. Su cuerpo “dice lo que ella calla” porque el yo masculino así lo interpreta. En ese sentido, la obscenidad queda colonizada, disciplinada dentro del marco de la mirada del poeta.
Podemos pensar, entonces, que ella no cambia “por” el deseo, sino “para” el deseo del otro. La decencia se convierte en una resistencia cultural, mientras la obscenidad es una potencia frustrada, contenida en el límite de la mirada masculina. Lo que el poema presenta como un proceso natural del deseo podría ser, desde otra lectura, una violencia suave, una posesión de la subjetividad femenina: su respiración, su temblor, su rendición son leídos por el hombre como signos de entrega, cuando podrían ser la expresión de algo más profundo —la imposibilidad de ser obscena sin ser juzgada.
El último verso, “como si te doliera seguir siendo decente conmigo”, revela la paradoja: es el propio vínculo con el hombre el que mantiene viva esa decencia. Ese “contigo” clausura cualquier libertad. Su deseo solo existe dentro de esa mirada que lo define.
En suma, el poema nace del erotismo masculino que mira y nombra. Pero tu lectura nos invita a pensar en la mujer que querría escapar de esa mirada, que quisiera ser obscena no como objeto del deseo, sino como sujeto de él, como cuerpo que desobedece sin necesitar la interpretación del otro.
Olá Gil,
ResponderEliminarAgradeço o teu comentário no meu blog, pois só assim pude chegar até aqui.
Li vários poemas teus e fiquei encantado com a tua poesia. Para além de sensual, a criatividade é a nota dominante. Por isso, parabéns pelo talento que as tuas palavras revelam.
Um abraço e boa semana.
Hola Gil, tu poema atrapa desde el comienzo, me ha gustado mucho. Hoy estoy visitando de nuevo después de los días de vacaciones. Tengo que volver a leerlo de nuevo, con tiempo.
ResponderEliminarUn abrazo.
Tiene mucho erotismo este poema, Gil.
ResponderEliminarEspero que tengas un buen día.
Necesito tu apoyo a mi última entrada.
Un abrazo.