Cuando tú llegas,
la ciudad cambia su ritmo,
las aceras parecen más anchas
y hasta los semáforos detienen su oficio.
Tus manos
saben encontrar lo que se esconde,
las llaves olvidadas,
los libros que dejaron de leerse,
los silencios
que nadie más sabe escuchar.
Caminamos entre el ruido y los autos,
y de repente todo tiene sentido:
los charcos reflejan tu risa,
los muros desgastados guardan tu nombre.
Contigo las mañanas son más lentas,
el pan en la mesa sabe a alegría,
y hasta el café humeante entiende
que hay una razón
para quedarse caliente.
Cuando hablas,
las palabras se vuelven ternura
y las discusiones se diluyen
como la lluvia en el pavimento.
Cuando callas,
tus ojos me dicen
todo lo que la vida no se atreve a contar.
Estar contigo
es aprender que la rutina puede ser milagro,
que los días comunes se llenan de sentido,
y que el amor no siempre grita,
a veces susurra mientras cocina,
mientras abre la puerta,
mientras se sienta a mi lado.
Si me pierdo en medio de la ciudad,
basta que digas mi nombre
para que todo vuelva a encajar,
para que mis pasos encuentren el camino
y mi corazón recuerde
que lo ordinario puede ser extraordinario
si tú estás conmigo.
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