Hay días en que el mundo pesa
como una puerta cerrada.
Uno golpea,
no porque sepa quién está
del otro lado,
sino porque necesita creer
que alguien abrirá.
Y espera.
Insiste.
Apoya el oído contra la madera
buscando una señal,
un ruido,
algo que le confirme
que no ha llegado hasta allí en vano.
Pero hay puertas que no corresponden.
Puertas frente a las que
dejamos años,
palabras,
pedazos de nosotros mismos.
Hasta que un día
el cansancio nos hace
mirar alrededor.
Y descubrimos algo extraño:
la vida nunca dijo
que aquel fuera el único camino.
Tal vez vivir consista también
en saber cuándo dejar de golpear.
En guardar las manos,
recoger lo que aún somos
y seguir andando.
Porque una puerta cerrada
puede parecernos el final
cuando estamos demasiado cerca.
Basta alejarnos unos pasos
para descubrir
que también había ventanas.
Y a veces
hasta un pedazo de cielo
por donde empezar de nuevo.
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